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Ἀρχική σελίς
Ἀρχική σελίς

Declaracion Patriarcal Sobbre La Santa Pascua 2013

Ἐπιστροφή
Ἐπιστροφή

Prot. No. 388

+BARTOLOME
POR LA MISERICORDIA DE DIOS ARZOBISPO
DE CONSTANTINOPLA-NUEVA ROMA
Y PATRIARCA ECUMENICO
A TODO EL PLEROMA DE LA IGLESIA, GRACIA, PAZ Y MISERICORDIA DE CRISTO GLORIOSAMENTE RESUCITADO


La proclamación de la Resurrección por la miroforas a los discípulos de Cristo fue considerada por ellos un desvarío. Y no obstante la noticia, que había sido tomada como un devaneo, fue refrendada como verdad. Y así Jesús resucitado se apareció a sus discípulos en reiteradas oportunidades.

En nuestra época la proclamación de la Resurrección se escucha nuevamente como un delirio por los racionalistas. Sin embargo, los fieles no solamente creemos, sinó que vivimos la resurrección como un evento más que verdadero. Nuestro testimonio sellamos, si es necesario, por el sacrificio de nuestra vida, pues en Cristo resucitado trascendemos la muerte y nos liberamos de su miedo. Nuestra boca se llena de alegría al decir que resucitó el Señor. Nuestros santos, en el mundo muertos, viven entre nosotros, responden a nuestros pedidos. El mundo más allá de la muerte es más verdadero que aquel antes de la muerte. Cristo resucitó y vive entre nosotros. Prometió que ha de estar entre nosotros hasta el fin del siglo. Y verdaderamente está. Amigo y hermano y terapeuta y dador de todo bien.

Bendito es Dios, quien resucitó de entre los muertos y concede a todos vida eterna. ¿Dónde está tu victoria, oh muerte? Resucitó Cristo y “a aquella que antaño infinitamente se jactaba, como ridícula reveló” (Cánon cruz-resurreccional IIII modo, 9ª Oda, Poesía de Juán Damasceno) Todas las cosas se llenan de luz y nuestros corazones de júbilo insuperable.

Y no solamente de júbilo, sino de fuerza. El que cree en la resurrección no teme a la muerte; y aquel que no teme a la muerte es anímicamente fuerte e indeleble, pues, aquello que para los muchos y no creyentes es una tremenda amenaza, para el creyente cristiano es un evento de poca importancia, pues es la entrada a la vida. El creyente cristiano vive la resurrección ya antes de su muerte natural.

La consecuencia de la vivencia de la resurrección es la transformación del mundo. Entusiasma el alma. Y el alma entusiasmada atrae a su camino a otras almas, las cuales se sensibilizan a causa de las verdaderas vivencias de la alegría de la inmortalidad. La resurrección de Cristo -y nuestra propia resurrección- no es una verdad teórica. Es un dogma de nuestra fe. Es una realidad tangible. Es la fuerza que vence al mundo, a pesar de las fuertes persecuciones en su contra. “Esta es la victoria que venció al mundo, nuestra fe” (I Jn. 5:4)  en la resurrección. Por la resurrección el hombre se convierte en Dios por Gracia. Por la victoria de la luz de la resurrección sobre las pasiones impuras, se instaura en nuestra alma el divino éros y el ágape misterioso que trasciende el humano límite.

Cristo resucitó, pues!  Nuestros corazones están llenos de la luz y de la alegría de la resurrección. Nos acercamos con legitimidad y simpleza a Cristo resucitado. Pues, como dice el Profeta David, Dios que sondea nuestros corazones desde lo alto “no desprecia un corazón contrito y humillado” (Sal. 50:19).

La resurrección es nuestra fuerza, nuestra esperanza, nuestra alegría, nuestro júbilo. Por la resurrección trascendemos el dolor y la angustia por todas las cosas malas de la vida natural sobre la tierra. La resurrección es la respuesta de Dios a la duda del hombre azuzado por los sufrimientos del mundo.

En las dificultades y angustias que hoy sufre el mundo, nosotros no claudicamos. La reunión de los temerosos discípulos del Señor en el monte de Sión nos fortalece. No tememos, pues amamos a todos, como nos amó Aquel que sacrificó su alma por nosotros. Teándricamente el Señor resucitado invisiblemente nos acompaña. Basta que tengamos –y tenemos- amor. Y con el amor conocemos del misterio la fuerza. Del misterio!

Y si algunos hombres dudan humanamente  y “dragmas atiborran con raudales de acciones” (Stichirá del Vespertino del Domingo del hijo pródigo), nosotros nos gloriamos. Y si nosotros “no quitamos a través de la misericordia la hojarasca de las obras de la injusticia y nuestras pasiones y no extendemos la era de la metanoia”, Cristo resucitado es amor y disipa todo tipo de oscuridad y el miedo que nos circunda, y entra en nosotros y al mundo, aunque las puertas de nuestros corazones estén cerradas. Y permanece “en nosotros” permanentemente a través de la cruz del amor. Su invitación es la paz. Su paz nos concede. Los fuertes de este mundo proclaman y prometen paz, nunca realizada en la práctica. La fuerza del divino amor y paz y sabiduría queda fuera de todo pánico humano. No se encuentra en el márgen de la realidad ni en la periferia de las opiniones individuales. Es el corazón y el centro de los sucesos. Es el corazón de la humanidad. Es el centro de la vida. Es la que rige a vivos y muertos. Es la Verdad.

La indiscutible superioridad de la fuerza mantiene invisiblemente las bridas y dirige todas las cosas, que en esta hora muchas celebridades según el hombre “oscuridad tienen en la sensatez”.

En este periodo de desintegración general al nivel mundial, la esperanza de todos los confines de la tierra, la sabiduría de Dios, es la presencia de la celestial síntesis y armonía. En el tiempo del colapso y de la esperada muerte existe el tiempo de la resurrección y el fortalecimiento de la confianza en el Señor.

La paz del que con la muerte pisoteó la muerte a través de su kénosis y la alegría del amor se difunden y curan al siempre suspirante y sufriente hombre moderno y a la co-suspirante y co-sufriente con él creación, “que reciben la salvación y la adopción” (Rom. 8: 20-23) “de la libertad de la gloria de los hijos de Dios”.

Verdaderamente resucitó el Señor, padres y hermanos e hijos!

Santa Pascua 2013-04-22
+B(artolomé) de Constantinopla
ferviente intercesor de todos vosotros
ante Cristo resucitado